Este no pretende ser un texto más sobre Joselyn. Tampoco busca instrumentalizar su muerte para obtener “likes”. Hacerlo significaría convertir una tragedia en contenido, banalizar lo ocurrido y deshumanizar a quien perdió la vida, reduciéndola a una nota más entre tantas otras.
Sin duda hay que tener un punto de partida y contextualizar lo sucedido. Pero hacerlo exige no perder de vista que detrás de esta historia hay una persona, una vida que terminó de manera trágica y una familia que enfrenta una pérdida irreparable.
Joselyn Flores Hernández murió ahogada el lunes 28 de septiembre del año en curso en el supermercado Híper San Bruno, en Xalapa, Veracruz después de recibir la orden de quedarse a sacar el agua y resguardar la mercancía.
Lo ocurrido no puede entenderse únicamente como un accidente ni como una falla de protocolo. Es la expresión concreta de una lógica que opera todos los días, en distintos países y en distintas industrias: una forma de organizar la producción en la que el trabajo humano, la naturaleza y la vida quedan subordinados a la generación de ganancias.
Dentro de esa lógica, todo termina reducido a su valor económico: el trabajo humano, la tierra, el agua, los bosques… ¡la vida! Lo que importa es qué puede producir, cuánto puede rendir y qué ganancia puede generar.
La mercantilización de la existencia
La vida humana no debería depender de su rentabilidad. Sin embargo, dentro de las relaciones capitalistas, la fuerza de trabajo se convierte en una mercancía.
Dentro de esa lógica, la persona que trabaja pasa a ser tratada como una cosa más dentro del proceso de producción. Su fuerza de trabajo se convierte en algo que la empresa compra y utiliza para producir mercancías y obtener ganancias, igual que emplea maquinaria, materias primas o energía. Lo que importa es cuánto puede producir y cuánto cuesta. Mientras pueda generar ganancias, resulta útil para la empresa; cuando deja de hacerlo, puede ser reemplazada. La persona desaparece detrás de la función que cumple dentro de la producción.
La misma lógica se extiende sobre la naturaleza. Un río deja de ser vida para un ecosistema y pasa a ser visto solo como un recurso hídrico, una fuente de agua; un bosque, una fuente de recursos maderables; la tierra, una superficie o unidad productiva. La pregunta deja de ser qué necesita la vida para sostenerse y pasa a ser qué puede obtenerse de ella y cuánto dinero puede producir.
También ocurre con el espacio donde se desarrolla la actividad económica. Un terreno ubicado en una zona de riesgo puede seguir siendo rentable aunque exista la posibilidad de que se inunde o se deslave. Se conocen los riesgos pero éstos quedan subordinados a los beneficios económicos que pueden proveer.
Por eso, la orden de resguardar la mercancía antes que evacuar al personal no puede reducirse únicamente a la decisión equivocada de un supervisor. Quien dio esa orden tiene una responsabilidad concreta y debe responder por ella. Pero esa responsabilidad individual ocurre dentro de una estructura que establece prioridades: proteger aquello que tiene un valor económico inmediato y mantener la actividad productiva en funcionamiento.
La falta de empatía
Que nadie fuera a buscar a quien quedó atrapado tampoco puede explicarse solamente como un descuido o una falta de empatía. Habrá que determinar qué ocurrió y quiénes fueron responsables. Pero queda una pregunta que va más allá del caso individual: ¿cómo llega una organización a considerar aceptable que una trabajadora o un trabajador permanezca en un lugar de alto riesgo para proteger mercancía?
Que se continuara sacando mercancía después de todo lo sucedido, incluso con el establecimiento clausurado, resulta todavía más revelador. No se trata únicamente del cinismo o de la falta de empatía de una persona o un grupo. Es una escena que muestra la jerarquía de valores que puede imponer la lógica del capital: la mercancía debe recuperarse, la pérdida económica debe reducirse y la actividad debe continuar.
Esto no es exclusivo de un supermercado en una ciudad como Xalapa. Existen hechos documentados en distintos lugares del mundo que muestran las consecuencias de esa misma subordinación de la vida a la producción y a la rentabilidad.
En India, trabajadores han muerto en obras de construcción donde las condiciones de seguridad eran insuficientes. En Sudáfrica, mineros han quedado atrapados en yacimientos donde las condiciones de trabajo han puesto en riesgo sus vidas. En distintos países, campesinos han sido desplazados para abrir paso a proyectos extractivistas. Y comunidades enteras han quedado expuestas a sustancias contaminantes después de derrames industriales.
No son hechos iguales ni responden exactamente a las mismas circunstancias. Tampoco sería serio afirmar que todos tienen una única causa. Pero sí permiten observar un patrón: cuando la producción y la rentabilidad ocupan el centro de la organización económica, la vida humana y la naturaleza quedan sometidas a ellas.
En todos esos casos existen responsables concretos. Hay empresas, autoridades, supervisores, propietarios o funcionarios que toman decisiones y deben responder por ellas. Pero también existe algo que rebasa a cada individuo: una forma de organizar la producción que convierte el trabajo, la naturaleza y buena parte de las relaciones humanas en medios para producir valor y acumular riqueza.
Nadie debería perder la vida buscando ganarse la vida
La indignación ciudadana suele expresarse con una frase sencilla: nadie debería morir por ganarse la vida.
Es cierto. Pero esa frase todavía deja abierta la pregunta fundamental: ¿por qué este sistema hace que ganarse la vida pueda matarte?
¿Por qué la seguridad de quienes trabajan puede terminar considerándose un gasto que debe reducirse o una inversión que puede posponerse cuando afecta la rentabilidad de una empresa? ¿Por qué puede llegar a considerarse más importante recuperar mercancías y evitar pérdidas económicas que poner a salvo a las personas que trabajan en un establecimiento? ¿Por qué seguimos nombrando a la naturaleza como un recurso o un patrimonio, como algo que nos pertenece y que puede ser utilizado, explotado o administrado, en lugar de reconocer que somos parte de ella y que de su existencia depende nuestra propia vida?
Responder únicamente que hubo negligencia, corrupción, irresponsabilidad o errores humanos resulta insuficiente. Todo eso puede existir y debe investigarse. Pero esas explicaciones no alcanzan para entender por qué situaciones semejantes se repiten en distintos países, industrias y actividades económicas.
El problema empieza en cómo se organiza la producción
El capitalismo necesita convertir el trabajo y la naturaleza en fuentes de valor. La fuerza de trabajo se compra para producir mercancías y obtener plusvalor. La naturaleza es incorporada al proceso productivo como materia prima, energía, suelo, agua o espacio. Y cuando la seguridad, la salud o la protección de la naturaleza representan un costo que reduce la rentabilidad, existe una presión permanente para reducir ese costo. Sí este párrafo es reiterativo pero es necesario hacerlo.
Ahí está una de las contradicciones centrales: quienes producen la riqueza pueden terminar siendo tratados como un costo; aquello que sostiene la vida puede ser tratado como una mercancía.
Joselyn no es un símbolo ni una herramienta para demostrar una teoría. Fue una persona cuya vida terminó de una manera que no debió ocurrir.
Precisamente por eso su muerte obliga a mirar más allá del caso individual. No para quitar responsabilidad a quienes tomaron decisiones concretas, sino para comprender las condiciones que hicieron posibles esas decisiones.
Si cada muerte laboral se explica únicamente como el resultado de un error individual, siempre podremos encontrar a un culpable inmediato. Pero difícilmente podremos explicar por qué hechos semejantes continúan ocurriendo.
Dentro de este sistema de producción capitalista, todo termina subordinado a la ganancia: el trabajo, la naturaleza… nosotras y nosotros.
Dentro de este sistema de producción capitalista, como dice la canción: “La vida no vale nada”.






